La muerte después de la vida

Qué triste es pensar en lo mal preparados que estamos, como sociedad, ante la muerte y lo mucho que nos cuesta aceptarla como parte de nuestras vidas. Independiente de lo que creamos en los ámbitos religiosos, intelectuales y filosóficos, nos cuesta darnos cuenta de que en nuestra cultura no tomamos la muerte como una consecuencia inevitable de haber nacido. Se nos hace enormemente dificil enseñar a nuestros niños que todos moriremos; enfrentarlos a este final inevitable. Se nos hace más sencillo ocultarlo, intentando protegerlos, como si al mirar para otro lado desapareciera.

Nos hemos hecho expertos en rehuirla y estamos tan acostumbrados a evitarla que rara vez nos encontramos cómodos al hablar de ella. Claro, no es un tema sencillo, especialmente porque hemos dedicado siglos a crear una iconografía horrorífica a su alrededor y tanto la literatura como el cine y las artes en general se han encargado de implantar en nuestras mentes la idea de que es un trágico final; un ocaso inspirador de los más profundos miedos.

Pero tampoco es fácil porque nuestras experiencias con la muerte suelen estar ligadas a la pérdida de un ser querido, de alguien importante, cuya ausencia marca nuestra existencia y modifica nuestras vidas para siempre. La muerte nos toca una nota tétrica que resuena en lo más profundo de nuestro ser y nos recuerda la fragilidad de la vida y cuán ligados estamos al tiempo y al ser en el tiempo y muchas veces, la poca conciencia que tenemos de este hecho.

Pasamos nuestra vida, en la cotidianidad, como arrastrados por una corriente que fluye, a veces rápido, a veces lento, pero que pocas veces cuestionamos o nos detenemos a analizar. Nos encontramos perdidos en un estado de entumecimiento de nuestra conciencia – en una inconsciencia de la conciencia – que sólo cambia cuando nos vemos enfrentados a eventos que nos espabilan haciéndonos retornar a un estado en sintonía con nuestros ecos internos. Y cuando esto sucede, parecemos desligarnos – aunque sea por un instante – del tiempo, del ser en el tiempo, y hacernos conscientes de nuestra propia existencia atemporal; de nuestra existencia en el ser sin tiempo.

Y así, huyendo de la muerte, se nos pasa la vida. Le tememos tanto, la ocultamos a toda costa y nos esforzamos en crearle una imágen nefasta porque así se nos hace más fácil soportarla. No enseñamos a nuestros niños a enfrentarla y aceptarla como parte de nuestras vidas porque así evitamos el engorroso proceso de explicar algo que nos es tan dificil entender y aceptar. Y así también, se nos van las oportunidades de disfrutar a quienes queremos. Nos creamos la imagen de que la muerte es algo tan lejano, algo que sólo pasa en las películas de terror, que pensamos que nuestros seres a quienes tanto amamos estarán para siempre y que mañana habrá otra oportunidad para estar con ellos.

Y no se trata de ser pesimista ni de sonar trágico, se trata de ser realista y de aceptar y enfrentar la vida y la muerte. No quiero vivir temiendo el final. No quiero vivir huyendo de un esqueleto con túnica negra y guadaña. Tampoco quiero vivir pensando en que lo bueno viene después. No pienso que haya vida después de la muerte ni que el paraíso me espera al final del túnel. Creo que en mi inmensa ignorancia sólo puedo afirmar que hay Muerte después de la Vida y quiero pasar el tiempo que tenga disfrutando junto a quienes amo y haciendo lo que me gusta. Aunque a veces cuesta darse cuenta de que hay que vivir sin esperar el mañana; de que hay que pasar los días a la luz de la vida, pero totalmente consciente de que ésta proyecta la sombra de la muerte.

Ahora sí, siendo pesimista, hay un chiste que reza que la Vida es una enfermedad mortal de transmisión sexual para la cual no existe cura. Inevitablemente todos moriremos, pero quizás no debería importarnos tanto: es muy probable que ni siquiera nos enteremos de ello.

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